En la primera parte vimos la vida y obra de Edgar Allan Poe, pincha aquí si no has leído. Siempre se ha dicho que las segundas partes nunca fueron buenas, pues esta obra es la gran excepción. Una segunda parte brutal, con mucha más potencia que la primera y con muchos más arreglos. Una obra más elaborada, impresionante ejecución de todo el elenco y una composición que contempla un gran espectáculo de luces y sombras, un espectáculo de genialidad en toda su obra.

Comenzamos pues con La antesala del Infierno este viaje con Virgilio, interpretado con una potencia impresionante por Tete Novoa. Los coros dan la bienvenida a Edgar Allan Poe al Inframundo. Virgilio mantiene la conversación constante con Caronte, por Pacho Brea y Minos, interpretado por Alfred Romero. Un impresionante comienzo muy orquestal, evidentemente con los arreglos de nuestro adorado Joaquín Padilla, con la batería de Carlos Expósito, bajo de José Hurtado y las guitarras rítmicas de Abel Franco. Todo este elenco se ve arropado por los solos de guitarra de Alfonso Samos, Oliver Martín y Paco Ventura. Esta canción me genera un sentimiento de solemnidad y mucho respeto por la música. Un inicio de la segunda parte de la ópera rock que está cuidado hasta el más mínimo detalle.

Realmente solo era el principio, realmente la obra aumenta con Los Infortunios de la Virtud, una canción que comienza con una fuerte orquesta y que sigue con un ritmo tranquilo a la guitarra de Abel Franco. Sin esperarlo comienza Tete Novoa arropado por los coros y con una voz bastante más fuerte que en la anterior canción. El marqués de Sade interpretado por José Cano, al ver a Poe le hace ver que son almas gemelas. Vemos por primera vez la voz de Leo Jiménez en esta segunda parte, una voz muy limpia que sabe manejar de maravilla. Al bajo, Ricardo Esteban, no cesa. Unos solos impresionantes de Pablo Padilla, Oliver Martín y Antonio Pino. Tenemos dentro de todos estos instrumentales, además, el violín de Manuel Villuendas y como no, la constante e impecable batería de Carlos Expósito. Sin olvidarnos, por supuesto de los solos de teclado de Manuel Ramil. Una canción con un final apoteósico que acaba con un piano imperial que no te esperas, para nada.

En Devoradores de Mezquindad escuchamos los teclados de Manuel Ibañez, de Medina Azahara, dejando claro su sello. Abel Franco utiliza una guitarra muy distorsionada y del elenco vocal, esta vez se unen a Leo y Tete Novoa, Ronnie Romero y Manuel Escudero, encarnando a Cervero y Pluto. Uno de los temas más poderosos que contiene este álbum y no en vano, pues además de este elenco tenemos a la batería a Carlos Expósito y a las guitarras a Abel Franco, al bajo Ricardo Esteban. Casi siete minutos de canción que acaba con un corte brusco y de repente el solo implacable de Javier Nula junto a los teclados.

La Ciudad del Mal comienza como una balada al teclado de Manuel Ramil y la voz de Israel Ramos, encarnando a Fligias. Continuamos con las guitarras de Abel Franco y los solos de Javier Nula. Continúa la conversación entre Virgilio y Euronymus en la voz de Nacho Ruíz y Poe, suplicando entrar por las puertas de la misteriosa ciudad. Este viaje nos lleva a esta canción que se me antoja muy poderosa y con una orquestación de Joaquín Padilla muy impresionante. Un espectáculo de genialidad aparece la voz de David Requejado interpretando a un Mensajero de Dios. Una vez más contamos con el genio de la batería de Carlos Expósito y el bajo de Ricardo Esteban, un trabajo impresionante y envidiable para todo amante de la buena música.

Llegamos a este momento en el que el propio Poe se encuentra con el creador de este infierno. Conversación entre Dante, se confían sus oscuros secretos, un Dante muy sentimental y muy bien encarnado en la voz de José Broseta. Con tintes de balada en ciertas partes de la canción tenemos al piano a Andy C. Una batería calmada de Carlos Expósito y el bajo constante de Diego Miranda. Vuelve con su violín Manuel Villuendas con un primer solo de Manolo Arias y un solo impecable de Luis Cruz. La interpretación de los dos vocalistas en esta canción es impresionante. Casi se puede sentir la angustia de cada uno en este momento de dolor que ambos están recordando (me refiero a los personajes). Recuerdo la primera vez que la escuché, cuando llegué al final ya estaba cantando el estribillo y cuándo acabó, tuve que parar la escucha, para pensar, para ver que esta canción era, simplemente una de las obras de arte de este álbum.

Pero si tengo que hablar de obras de arte, de mi canción favorita hasta el momento de toda la obra Legado de una Tragedia he de hablar de este tema que viene a continuación. Babilonia Eterna comienza con los coros de las sombras del oráculo, interpretadas con impecable intervención por Beatriz Albert, Chus Herranz, José Masegosa y Gonzalo Alcaín. Un diálogo entre Semiramis, en la voz de Chus Herranz y Menones, por el padrino de esta obra, Joaquín Padilla. Dos voces perfectas para esta canción, una interpretación que desde el primer momento me gustó. No sé por qué, con un ritmo que me hace confundirme ¿Balada o medio tiempo metalero? En realidad, no lo sé, pero es impresionante. Y como no, la batería de Carlos Expósito, junto con las guitarras de Abel Franco, siempre presentes en esta ópera rock y al bajo Diego Miranda. Todos ellos, hacen de este tema un poderoso espectáculo que me emocionó desde el primer momento, una melodía que envuelve desde el primer momento y te atrapa en sus garras.

En Sangriento elixir guitarras muy distorsionadas y una introducción muy orquestal por parte de Enrik García y el solo inicial de Adrian Phoenix. Como no, Carlos Expósito y Abel Franco a la batería y guitarra rítmica. Una voz muy sensual (para mi gusto) de Beatriz Albert como Elizabeth Bathory. En contraste, una voz masculina más lúgubre que pronto veremos que evoluciona a algo más agudo y que nos transporta a algo mucho más melódico. Una voz rota de Ignacio Prieto, encarnando al Barón Ferenc Nàdasy. Una canción que está cargada de sensibilidad y amor por la música Patri Barbasasa. En un momento de virtud del compositor, un gran parón nos hace escuchar una melodía que me transporta a oriente al violín de Manuel Villuendas. Enrik García y Jero Ramiro hacen maravillas a la guitarra. Para finalizar este colofón tenemos una caja de música que se apaga, cada vez más lenta, cada vez con menos volumen.

Con un órgano de iglesia comienza este tema. Yo te maldigo comienza al igual que la anterior con guitarras muy distorsionadas, con el guitarrista que siempre ha estado presente en esta ópera rock, Abel Franco. Este tema cuenta con los solos de Pablo García. Llegamos al centro del infierno y volvemos a ver a Virgilio y a Poe juntos. Leo se sale en este tema, literalmente es un tema hecho para él, se mezclan su voz poderosa y con potencia junto con sus toques más melódicos. José Hurtado al trabajo de un bajo imprescindible. Carlos Expósito vuelve a los mandos de la batería, siendo el batería de esta obra por excelencia. Lucifer encarnado en la voz de Manuel Rodríguez, mantiene una acalorada y espeluznante conversación con Poe, a quien no quiere devolver su alma. Un impresionante diálogo que solo es posible crear cuando las musas están de tu parte. Gracias al cielo, las musas han estado en todo momento de parte de Joaquín Padilla, quien, también se ha encargado de todos los orquestales de esta obra. Esta canción puede ser el culmen de todo lo recogido en la obra, la mezcla de todos los estilos utilizados, la mezcla de todo lo que se ha hecho hasta ahora, una canción de casi 10 minutos que parecen 2, impresionante ejecución y, sobre todo, impresionante ejecución.

Salimos del infierno para ver a Morfeo, al dios de los sueños interpretado por Javier Domínguez «Zeta». Comenzamos la canción escuchando la voz grave de un Leo que parece susurrar, que por momentos parece que las guitarras de Abel Franco le tapan. Andy C. toma las riendas de la batería y el bajo es parte de Diego Miranda. Llega el momento en el que la música cambia, la voz de Leo se vuelve como antes la escuchábamos, entra ahora en escena Zeta, su voz peculiar le da otro toque a esta obra. Los solos de guitarra están perfectamente cuidados y realizados por Antonio Pino y Juanjo Melero. Y finalmente hay que nombrar la gran labor del teclista, Javi Díez, que por primera vez aparece, al igual que Zeta en Legado de una Tragedia. Un impresionante trabajo que nos muestra la real agonía de Poe ante Morfeo. Muchos cambios de ritmos y melodías, me recuerda mucho a Stravaganzza, pero sobre todo tiene esa potencia que hacen de este tema un verdadero espectáculo que no debe acabar nunca.

Por desgracia, el final está cerca y con Las fauces del averno que comienzan con coros en latín seguidos de la voz de un Zeta que no parece el mismo que en la canción anterior, una voz muy lograda y bien trabajada, impresionante, un Zeta al 120%, dando lo mejor de si. Pau Monteagudo da voz al ángel exterminador, Abaddon. Se une a esta conversación Mathew, interpretado por Tanke. Volvemos a ver a Abel Franco a la guitarra rítmica y se unen a los solos Joxemi, con un solo muy metalero y un impresionante y desgarrador segundo solo de Luis Cruz. Carlos Mirat coge las baquetas y Diego Miranda posa sus manos en el bajo. Llegamos a la mitad de la canción y Abaddon nos hace unos coros que estamos cantando, aunque no nos sepamos la letra, pegadizos, impresionantes. Unos coros que nos anuncian el final de esta segunda parte, unos coros que nos dan tranquilidad, que nos cuentan que el infierno ya ha acabado, que nos vamos al mundo de los sueños. Con un final apoteósico que yo nunca me cansaré de repetir y volver a repetir.

Solo Joaquín Padilla ha podido hacer esto, un trabajo muy bien cuidado y respetando la obra de Dante e introduciendo la obra de Neil Gaiman, Sandman. Nos espera un recorrido más, por ese mundo de los sueños que en la tercera parte de esta ópera rock se nos mostrará. No me quedan palabras, de nuevo darle la enhorabuena a Joaquín Padilla por regalarnos esta obra, por hacer que estas obras de arte salgan a la luz, por hacer creer que es posible la música que es con músicos.

«Su sucesora me declaré y sola al fin reiné, sacrificando el amor, despreciando lo que amé, dictaba el» Babilonia Eterna

Sergio Barajas Cruz

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